Itinerario de una transición permanente

Juan Cristóbal Soruco

El primer artículo que escribí como profesional, en 1979, narraba, en 10 carillas escritas a máquina, el proceso de reunificación del campesinado boliviano bajo el liderazgo de Genaro Flores que desembocó en la creación de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesino de Bolivia (Csutcb).

Mi director, Jaime Vergara, una persona muy gentil y generosa, me propuso editarlo juntos y tachaduras van, cambios de lugar vienen, el artículo terminó en dos carillas. Tremenda lección práctica de concisión, algo alejada de los trabajos que debíamos presentar en la Universidad a los que estaba acostumbrado.

Traigo a la memoria esta anécdota porque muestra algunas características de la generación de periodistas de la que formo parte, cuya relación con el país y la democracia quiero exponer.

Muchos éramos estudiantes o egresados de la Universidad Católica Boliviana (UCB) que comenzamos a trabajar en los estertores de los gobiernos militares que nos asolaron para, en 1982, aprender a hacerlo en democracia.

Casi todos votamos por primera vez en nuestra vida en 1978 para elegir autoridades; y lo volvimos a hacer en 1979. Fuimos testigos de la apertura del Palacio Legislativo y la posesión de los senadores y diputados elegidos, y comenzamos a cubrir las fuentes sin temor alguno.

Asistimos, entre conmovidos y sorprendidos, a las apasionantes sesiones parlamentarias de las que surgió como Presidente Walter Guevara Arze. Y éramos observados, con generalizada simpatía, por los colegas mayores que nos iban guiando en este oficio.

A los tres meses sobrevino el golpe de Estado liderado por Alberto Natush Busch, lo que provocó un fuerte remezón; pero, al mismo tiempo, nos ayudó a tener un temprano y aún intuitivo alineamiento con el sistema democrático (no hay que olvidar que, como gremio sindicalizado, adherimos a la idea de construir en el país un sistema socialista, como establecía la Central Obrera Boliviana, de la que nuestros sindicatos formaban parte). En esas dramáticas jornadas, fuimos testigos, por un lado, de la voluntad ciudadana de defender la apertura democrática; del otro, del poder de las negociaciones políticas.

Luego del corto gobierno de la primera Presidenta en el país, Lydia Gueiler Tejada, volvimos a sentir el rigor dictatorial en su expresión más alocada y ruin, lo que, empero, nos ayudó a muchos a asumir ya plenamente una adhesión democrática que con el transcurso del tiempo en unos se fue consolidando y, en otros, modificando.

El 10 de octubre de 1982, comenzó otra etapa. Los periodistas de mi generación, entre los cuales crecía el número de mujeres, que daban una nueva tónica al oficio, ingresamos de pleno en ella, sin intuir que el tiempo de cambios no había terminado y que estábamos en los umbrales de otros que afectarían nuestra profesión.

Volvamos a una anécdota. Nuestro primer profesor de diagramado nos sugería aprender a leer “al revés” para poder trabajar con más agilidad en las tipografías… cuando las “composser” se iban imponiendo en las redacciones, y, al poco tiempo, éstas fueron reemplazadas por las computadoras y toda innovación iba quedando obsoleta al poco tiempo. Estaba llegando el tiempo de las tecnologías de la comunicación y la información.

Testigos de cambios profundos

Considero que en ese proceso de cambios fue clave para la comunicación el ingreso y posicionamiento de la televisión privada partir de 1984, luego del monopolio estatal de su uso que a través de la llamada Televisión Nacional y los canales universitarios en varias capitales de departamento dominó este espacio desde 1969.

Este ingreso tuvo varias consecuencias en el funcionamiento de la radiodifusión  y la prensa, y en la relación de éstos con la sociedad. Entre ellas, la necesidad de descentralizar contenidos, dando espacio cada vez más creciente a la información local frente a la información “nacional”, entendida como la proveniente del mundo político, social, empresarial y cultural de  la sede de gobierno y amplió el acceso de la gente a la información del exterior.

En el mundo de la televisión cambió la concepción y composición de la noticia, pues la espectacularización, la inmediatez, exigieron desarrollar nuevos formatos (con tanta fuerza, que los actores políticos y sociales tuvieron que adecuarse a los nuevos parámetros establecidos que rompían el clásico discurso extenso y altisonante).

Además, los conductores de televisión, hombres y mujeres, comenzaron a competir con los actores políticos en la relación con la ciudadanía, y por el afecto subjetivo que generaron con la gente, comenzaron a considerarse, ellos mismos, intermediarios entre la sociedad y el Estado, imagen que se iba consolidando por la inoperancia del funcionario público, al punto que se ha consolidado la tendencia a “mediatizar” todo conflicto para que éste pueda encontrar alguna solución en los diversos ámbitos estatales e incluso privados.

En el campo de radiodifusión lo local fue adquiriendo cada vez más importancia en la agenda nacional. Probablemente sea Radio Fides, a través del programa La Hora del País, la pionera en comenzar a revertir el flujo de la información desde las zonas alejadas a las centrarles; desde el predominio de la información concentrada en la Plaza Murillo, a la difusión de problemas regionales. De esa manera, abrió una senda de integración sostenida y aceptada, que luego fue seguida por otros grupos radiales.

Simultáneamente, se fueron desarrollando nuevos sistemas de participación, y tocó a RTP, con Carlos Palenque y el programa La Tribuna Libre del Pueblo, abrir camino convocando a sectores populares a los estudios para hacer oír su voz, normalmente en clave de queja.

Como en el caso de la televisión, algunos radialistas, particularmente aquellos interesados en los temas urbanos y populares, fueron adquiriendo poder por el apoyo de sus audiencias, fenómeno que fue advertido por los partidos políticos que iniciaron un proceso de cooptación.

Ambos medios se han convertido en espacios de debate sobre diversos temas de la realidad nacional, en los que participan los actores del mundo político, económico, social, académico y cultural, que se someten a una interpelación implacable, conscientes, empero, de que estar ausentes de ellos es sinónimo de desaparición de la esfera pública.

En cuanto a los medios impresos, el contexto general y los nuevos formatos audiovisuales obligaron a que tengan que irse adecuando a las nuevas condiciones, agravadas por una declinación de los niveles de lectura.

Entre esas adecuaciones una fundamental fue la de repensar el concepto de “primicia”. Frente a los audiovisuales, la posibilidad de encontrarlas se redujo radicalmente (sin que, empero, desaparezcan nuestros deseos de hallarlas y así sea esporádicamente conseguirlas). En ese vacío cobró fuerza la “contextualización” de los hechos ya difundidos por los medios audiovisuales. Es decir, el desafío pasó de buscar hechos que ningún otro medio pueda difundir, a tener capacidad de agregar contexto a noticas que ya la radio y la televisión transmitieron (y hoy, las páginas web, las redes sociales, etc.).

En ese proceso, tanto en el país como en el mundo se han generado nuevos estilos de redacción y diagramación para facilitar la lectura de informaciones a las que se acompañan antecedentes que amplían su comprensión.

En el campo de la opinión, las investigaciones develan que las páginas editoriales influyen, fundamentalmente, en sectores específicos de la sociedad estrechamente vinculados con los espacios de poder y decisión, pero no en la gran mayoría de lectores que, salvo en situaciones de crisis explícita, más bien opta por el comentario difundido por los audiovisuales.

Otra transformación radical es que ya no hay (ni probablemente habrá más) un periódico “nacional”. Los que ahora existen son, a la vez, nacionales y locales/regionales. Es decir, hasta mediados de los años 80 un periódico como Presencia, por ejemplo, era el más comprado en todas las capitales de departamento y luego, recién, se ubicaban los periódicos de la localidad. Ahora, en todas las capitales donde se editan periódicos su tiraje local es considerablemente mayor al de cualquiera de los que llegan de otros departamentos.

Y la caída de lectores ha hecho que junto a las ediciones cotidianas se ofrezcan promociones de diversos productos; desde algunos relacionados con el rubro (libros, cd musicales o de películas) hasta objetos de hogar (bebidas, turismo).

Todos esos cambios han ocurrido ante una mirada de asombro de una generación de periodistas que no tiene tregua…

Propiedad y competencia

También se han presentado importantes cambios en la propiedad y administración de los medios; predominan las empresas privadas –algunas con capital extranjero—por sobre la propiedad familiar (que era la más extendida) e institucional.

En los últimos 12 años ha crecido vertiginosamente el sistema de medios del Estado (sensu strictu del gobierno). A la televisión se agrega la instalación en el país de una red de emisoras dependientes de la administración central que reciben sus directrices de los ministerios de Comunicaciones y de la Presidencia. Asimismo, se ha creado el periódico Cambio y han invadido las redes sociales.

Adicionalmente, el gobierno ha impulsado la creación de radios “comunitarias”, cuyos propietarios son las comunidades donde están instaladas u organizaciones sociales, la gran mayoría afines al proceso dirigido por el MAS.

Por otro lado, se debe anotar que en la dura competencia entre medios se ha abierto espacios para que las áreas administrativas busquen mayor participación en la elaboración de contenidos, extremo que si no es bien gestionado puede provocar serias distorsiones informativas.

En este campo se puede mencionar también el uso instrumental de la publicidad estatal, actitud que si bien ha sido recurrente en la historia de las relaciones entre el poder y los medios, ahora es desembozadamente discriminatoria y está dirigida a doblegar la libertad de expresión e información.

Opiniones y percepciones

Mención aparte merece el creciente uso de encuestas de opinión. Estas comenzaron a ser utilizadas tímidamente en los medios en las elecciones que se realizaron entre 1979 y 1980, y ya con mucha fuerza desde las elecciones presidenciales de 1985, al punto que se han convertido en materiales informativos fundamentales porque todo indica que a la gente le gusta conocer escenarios futuros, tendencias sociales, percepciones.

Sin embargo, desde hace un tiempo y en todo el mundo, crece el cuestionamiento a las encuestas como instrumentos de percepción política por las cada vez más grandes diferencias que se presentan entre sus previsiones electorales y los resultados concretos.

Nuevas tecnologías

He dejado al último probablemente el cambio más profundo del que somos testigos: el mundo virtual y la aparición de fenómenos en la comunicación que en 1979 no podíamos ni siquiera imaginar.

La internet, las redes sociales, las páginas web son realidades que están transformando nuestras formas de trabajar, que nos exigen renovadas y creativas estrategias para que nuestros mensajes lleguen a los miles de lectores, audiencias, hombres y mujeres que, al mismo tiempo, reciben infinidad de mensajes.

Para no caer en obviedades, resumo la anterior constatación en una verdad de Perogrullo: estamos ya en una nueva etapa y nosotros, otra vez, estamos en transición…

La gente

Todos los cambios señalados –y los que he omitido y olvidado—han tenido, tienen y seguirán teniendo un telón de fondo: la gente, seres humanos que también han ido cambiando de acuerdo con las nuevas circunstancias, han ampliado su acceso a la información por lo que nos demanda al periodismo cada vez más y mejor información, más y mejores contenidos y, sobre todo, más compromiso con la búsqueda de la verdad y la calidad.

Además, es posible afirmar que si la abundante información que hoy circula en el espacio y a la que es cada vez más fácil acceder no es debidamente sistematizada, puede más bien desorientar o adormecer al ciudadano. Y en ese proceso que, más allá del soporte, el oficio del periodismo debe seguir vigente, si lo entendemos como la labor que se realiza para que la ciudadanía esté debidamente informada de su entorno y, por tanto, pueda adoptar decisiones correctas

¿Y los periodistas?

Desde 1982, el emblemático año de nuestro retorno a la democracia, se han sucedido, por lo menos, dos generaciones de periodistas y una tercera está comenzando su actividad.

No se trata de un relevo simplemente etario, sino de cambios que vienen acompañado de los efectos provocados por las transformaciones reseñadas.

La generación que comenzó a trabajar en el periodismo con el retorno a la democracia lo hacía luego de un relativo corto tránsito de labor bajo dictaduras, tiempo en el que la generación precedente desarrolló su actividad. Esto implicó una serie de rupturas y desafíos que, ateniéndonos al desarrollo de la profesión en este tiempo, fueron respondidos con creatividad.

Además, en esta etapa ha habido una profesionalización académica del periodismo, factor que también ha marcado su relación con la sociedad.

En ese marco, hay algunos temas recurrentes que los periodistas estamos debatiendo y que planteo a continuación.

¿Periodismo independiente o alineado?

Hasta el retorno de la democracia predominó la corriente, influida por el nacionalismo revolucionario y el marxismo, de que el periodismo era una trinchera más de lucha político-ideológica, frente a la corriente que sostenía como línea conductora que el periodismo se debía, por sobre todo, a sus audiencias y rechazaba cualquier afiliación.

En el primer caso, se consideraba que el periodista debía estar al servicio de los intereses nacionales (que eran definidos por las cúpulas sindicales y de los partidos políticos de izquierda) y del genéricamente denominado “movimiento popular”, porque, de lo contrario, se estaba al servicio de las dictaduras y los sectores empresariales de la sociedad.

En cambio, quienes se alineaban en la segunda corriente, de inspiración fundamentalmente liberal y cristiana, concebían que la misión del periodista era informar a la sociedad bajo la lógica de la búsqueda de la verdad, antes que estar al servicio de una causa o una ideología.

Fue durante el primer gobierno democrático (1982-1985) de esta etapa que este debate cobró fuerza, pero en un escenario en el que ninguno de sus impulsores había conocido hasta entonces: la vigencia del sistema democrático y el estado de derecho.

Los hechos históricos que han sido reseñados y la impronta de un proceso de modernización fueron el escenario para concebir el periodismo libre, incluso, o a partir, de los propietarios de los medios, lo que pudo ser posible, precisamente, por la profesionalización y la jerarquización del oficio.

Entonces muchos creímos que el periodismo había ingresado en un proceso de modernización irreversible: diferenciar claramente información de opinión, y respecto a ésta ofrecer a las audiencias las diversas posiciones presentes en el debate nacional; definir la información como un bien público cuya importancia fundamental radica en que ésta debe ser difundida sin atender presiones de ninguna naturaleza, aunque luego los representantes de los poderes (político, económico, social) se quejaran amargamente.

Sin embargo, la deslegitimación, primero, y, luego, el derrocamiento del sistema político-partidario creado a partir de 1982 revivió, en el campo del periodismo, el debate sobre si éste puede o no, debe o no, alinearse con parcialidades cuando la polarización de agudiza o mantenerse como un profesional actuando libre de ataduras político-ideológicas o gremiales.

Este debate se ha enriquecido porque muchos periodistas que bajo la convicción de que la adhesión a determinadas ideas y propuestas es factible apoyaron al gobierno y al proceso de cambio impulsado por el MAS, hoy, por una serie de razones, han optado por cuestionar lo que está sucediendo.

A estas alturas de nuestra historia, y en medio de la polarización político-ideológica en la que vivimos, estoy convencido de que el periodista debe ser más libre que nunca, y aferrarse al principio básico de nuestro trabajo: la búsqueda leal de la verdad, como la mejor opción para ejercer un periodismo que sea útil a la sociedad.

Final abierto

Esa posición exige, recogiendo los aportes de varios reconocidos periodistas, cumplir condiciones básicas entre las que destaco la idoneidad profesional y permanente capacitación; la idoneidad moral que se traduce en el compromiso de seleccionar, elaborar y difundir informaciones y opiniones en función a nuestro leal saber y entender y no por presiones de ninguna naturaleza; investigar con rigor

También exige respetar a nuestros destinatarios y su dignidad individual y colectiva; cumplir las normas de regulación y autorregulación, aceptar el derecho a réplica y tener la humildad de rectificar los errores que se hayan cometido.

Asimismo, es necesario establecer relación con los poderes constituidos para conocer y tener la información suficiente que permitan hacer un riguroso seguimiento (sin sentirnos jueces, fiscales o guías de la sociedad) de las acciones de quienes forman parte de ellos, bajo la premisa de que lo importante es que la ciudadanía esté debidamente informada.

Se trata de principios cuyo seguimiento explica que podamos haber vivido en permanente transición porque explícita o implícitamente nos exigen tomar conciencia de que nuestro trabajo, más allá de los cambios, afecta a la vida cotidiana de la gente y al buen funcionamiento de la sociedad, lo que nos exige, a su vez, capacitarnos adecuada y permanentemente, de manera que sigamos siendo leales buscadores de la verdad y develadores de los secretos que los grupos de poder se empeñan en ocultar.

 

(Discurso-ponencia en ocasión de recibir el Premio Nacional de Periodismo 2017. La Paz, Bolivia, 8 de diciembre de 2017).

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