La noche del jueves 5 de diciembre de 1929, a las 21.30 horas, en el comedor del Club Ferroviario –que estaba ubicado en la esquina de la calle Junín con la Plaza Murillo– se llevó a cabo la cena fundacional de la Asociación. Se trató, según las crónicas periodísticas, “de una cena bien servida” con la que “comenzaron las labores de esta nueva entidad”.

Asistieron al encuentro 51 periodistas de diarios, revistas y agencias internacionales con sede en La Paz. Del total de periodistas concurrentes, 37 –es decir el 72%– trabajaban en alguno de los cuatro diarios de La Paz. De tal manera que al acto celebratorio asistieron 11 periodistas de El Diario, otros 11 de La Razón, 10 de El Norte y cinco de Última Hora. Los 14 periodistas restantes provenían de periódicos y revistas menores – Juventud, Variedades, Andina, Mundial y Patria Nueva– y de dos agencias internacionales: Associated Press y United Press (la nómina completa de los 51 fundadores de la Asociación está reproducida en un recuadro).

Tras la comida, fue elegida y posesionada una Comisión Directiva provisional conformada por Juan Cabrera García, como secretario general y por Rafael Vivanco, Ángel Salas, Francisco Villarejos y Armando Arce, como secretarios de las distintas carteras. De esta Comisión, los dos primeros periodistas mencionados pertenecían a La Razón y los tres últimos a El Diario.

A propósito de esta primera directiva –y con el interés de enriquecer el debate sobre el tipo de composición periodística de la Asociación– cabe señalar que el primer secretario general de la institución, Juan Cabrera García –descrito por Ángel Torres como “un periodista hecho y derecho que desempeñaba la actividad desde principios de siglo”– había asistido meses antes al Congreso de Oruro en calidad de gerente de La Razón. Cabrera García también era, según Salamanca, el periodista de mayor edad entre los socios.

Los fundadores de la Asociación

Por otra parte, de los 51 periodistas reunidos, el único del que se ha podido establecer –como ya se ha dicho– que ejerciera algún cargo directivo es Mario Flores, que era director de Última Hora. De tal manera que, de acuerdo a esta composición, es difícil sostener –como se lo hace con alguna frecuencia– que la Asociación haya sido fundada por los directores de los medios de comunicación puesto que, aunque estos no estaban impedidos de participar en la entidad –siempre y cuando ejercieran el periodismo– su presencia fue insignificante frente a los “redactores de planta”.

Sin embargo, como se ha visto, es innegable que los directores de periódicos estimularon la creación de la Asociación e influyeron en su posterior actividad. De hecho, tras la mencionada “primera cena”, el segundo orador que pronunció un discurso de salutación fue Manuel Carrasco, director de El Diario, quien “saludó y deseó éxito a los periodistas asociados”.

Poco antes, había hablado Cabrera García, como primer ejecutivo de la institución, refiriéndose a los propósitos y a los alcances institucionales de la entidad que nació con el ideario de “sostener la libertad de pensamiento, pedir la plena vigencia de la Ley de Imprenta y de las garantías individuales, y plantear al Gobierno seguridad para la gente de prensa”.

Por todo lo expuesto anteriormente, se puede concluir que la Asociación de Periodistas se fundó con un sentido más gremial, social y hasta sindical que patronal, sin que esto impidiera que dueños y directores, por un lado y redactores y reporteros, por otro, compartieran cierta visión acerca del oficio y del país. Afinidades propias de una época en la que lo sindical y lo patronal, en al ámbito de la prensa, todavía estaba en proceso de diferenciación y en la que el periodismo seguía siendo una actividad minoritaria, elitista e ilustrada.

Prueba de ello, como dice Ángel Torres, son las pretensiones academicistas que tenía la Asociación fundada en tiempos de ateneos, círculos y academias. “Desde su fundación yo diría que la Asociación más bien tuvo atisbos, arrebatos, ínfulas de Academia pero no podían ser académicos los periodistas si no habían egresado de ninguna escuela de periodismo porque simplemente no había. Entonces un poquito se corrieron y simplemente se llamaron Asociación. Al principio también existía el tema del contenido social en la selección de la gente de prensa: eran pobretones pretendidamente oligarcas los que iban a dar a la prensa, y un muchacho campesino como ahora, que pudiera apellidar Tancara, Choque o Mamani en los años 30 o en los años 40 –e incluso hasta el 52– jamás hubiera entrado a trabajar a un periódico. Había un contenido de clase”, añade.

De clase también fueron las dos orquestas –“Hayden” y “10 de Mayo”– que amenizaron el baile de celebración con el que concluyó la periodística velada del jueves 5 de diciembre de 1929 en el Club Ferroviario. Para el anecdotario y la ambientación del momento histórico queda la referencia de lo sucedido cuatro días después, el 9 de diciembre, cuando la prensa daba cuenta “de la llegada de la bailarina Tórtola Valencia y (de) que el teatro Municipal está en arreglo, por lo cual la afamada artista posterga su debut, en homenaje a los periodistas, hasta los primeros días de enero de 1930”.

Las primeras normas y el baile de fin de año

Ese mismo día (5) de diciembre –según las indagaciones de Salamanca– pudo estar redactado el primer Estatuto orgánico de la institución. Faltaba, sin embargo, su aprobación por parte de los socios y su posterior remisión al Gobierno para su revisión y aprobación definitiva. Finalmente este trámite fue concluido meses después: el 12 julio de 1930 la carta orgánica fue remitida al Gobierno –encabezado por una Junta Militar– recibiendo la correspondiente aprobación el 16 de agosto del mismo año, mediante una resolución firmada por el presidente y general Carlos Blanco Galindo. Además, mediante esta resolución quedó reconocida la personería jurídica de la institución.

Como parte de este proceso organizativo, hasta la segunda semana de diciembre de 1929 fue constituido el Tribunal de Honor de la institución, integrado por tres “antiguos periodistas” –a decir de Salamanca– que son hoy ilustres personajes del siglo pasado: Bautista Saavedra, Daniel Sánchez Bustamante y Franz Tamayo.

Además de tener en común el ejercicio del periodismo en la modalidad del artículo, la crítica y la controversia, los tres compartían la pasión por la política. Saavedra era entonces el político republicano que había acabado con el liberalismo en 1920 y que presidió la República hasta 1925. Además había escrito textos de carácter sociológico que siguen siendo de gran interés como El Ayllu y La Democracia en nuestra historia.

Sánchez Bustamante fue parlamentario, sociólogo, difusor del modernismo, introductor del positivismo spenceriano en sus estudios universitarios y colaborador habitual de periódicos y revistas. Tamayo encarnaba una ilustración criolla completa pues había sido director de periódicos, político y además “el poeta de mayor numen y audacia estilística en el país”. Años después, ganaría las elecciones pero no llegaría a ocupar la presidencia de la República.

Además de conformar un Tribunal de Honor de un peso difícilmente igualable, a fines de diciembre se designó al doctor Tomás Manuel Elío como abogado de la institución. Lo interesante del caso es que, 12 años antes, en diciembre de 1917, el doctor Elío –en aquel entonces director de El Fígaro– había retado a duelo a Franz Tamayo a raíz de un artículo publicado por éste en El hombre libre. Tamayo eludió con altanería verbal el lance de  honor (los detalles de este episodio están resumidos en un recuadro del primer acápite del capítulo 1: “Del Periodismo y sus memorias; 1929-2004: 75 años de historia”).

Sin tener que recurrir al campo del honor, la insipiente Asociación consiguió, a fines de diciembre de 1929, la cesión de un espacio provisional en el Club Ferroviario para las reuniones del Directorio, estableciéndose allí la Secretaría Permanente Ad hoc. Fue también allí donde se nombraron las primeras comisiones de trabajo y se abrió el registro de periodistas asociados.

Inscripción en la que tuvieron una importante participación los directivos de los periódicos puesto que fueron éstos quienes llamaron a redactores, cronistas y reporteros a que se inscribiesen presentando sus documentos ante la Comisión Calificadora. Procedimiento que pone de manifiesto, nuevamente, el carácter elitista que tenía entonces la institución. Un carácter elitista que, sin embargo, no le impidió llegar a aproximaciones históricas con otros sectores de la industria del periodismo, como los llamados “periodistas gráficos” que en aquellos tiempos tenían una condición obrera mucho más acentuada.

Esta aproximación se produjo la tarde del 19 de diciembre de 1929 cuando la Asociación de Periodistas y la Federación de Artes Gráficas suscribieron un Pacto de Solidaridad en defensa de sus intereses y para apoyarse mutuamente. Firma que se produjo en el contexto de un encuentro de camaradería –una fiesta, en otras palabras– que se realizó en una casa campestre de Miraflores de nombre “Quinta Murillo”.

“Fue la primera vez en el historial de ambos gremios que obreros gráficos y periodistas departieron fraternalmente, lo que entre los empresarios de la prensa y gente de Gobierno causó lógico desasosiego”, afirma Torres, al añadir una interesante explicación sobre este pacto asociada a la frustración del proyecto de Ley de Pensiones y Jubilaciones mencionado anteriormente que no obstante los esfuerzos desplegados por los periodistas resultó encarpetado en su trámite parlamentario: “este contraste amargó a los periodistas y les hizo caer en la cuenta de que su entidad carecía de capacidad de persuasión o fuerza de presión entre los poderes públicos para la atención de sus asuntos. (Por ello) abrieron conversaciones con los dirigentes del gremio de trabajadores gráficos y concertaron la suscripción de un Pacto de Solidaridad en defensa de sus intereses”.

Después del pacto con los gráficos, 1929 concluyó para los periodistas recién asociados de manera inmejorable: con un sonado Baile Anual de la Prensa que fue una iniciativa pensada para recabar fondos pero que, con el tiempo, se convirtió en una tradición institucional. Y es que no era en absoluto, un baile menor. Queda constancia, por ejemplo, de que para el baile de 1929, la artista Tórtola Valencia había comprometido su asistencia con su mejor traje de actuación y que Cecilio Guzmán de Rojas, vinculado con la gente de los periódicos, había prometido que pintaría a la señorita más bella. En belleza femenina debían ser también versados los señores periodistas asociados puesto que –preparando el sonado baile– se les ocurrió convocar a un concurso para la elección de la Señorita La Paz, por medio de votación por cupones publicados en los periódicos.

Fuente: “Del Periodismo y sus memorias; 1929-2004: 75 años de historia” / Memoria de la APLP